Radar 24

Los olvidados en tiempo de COVID-19

Por: Elisangela Silfa Santa

Cuando se decretó la suspensión de docencia por motivo de limpieza profunda el 16 y 17 de marzo, muchas niñas y niños estuvieron felices, porque lo veían como un descanso dentro del ritmo cotidiano de sus centros educativos y porque al igual que la mayoría, no conocían que sería un adiós sin fecha visible de retorno. Desde el inicio se tomaron en cuenta diferentes medidas para “asegurar” que el alumnado reciba los contenidos que exige el currículo para el logro de las “competencias” y la alimentación de muchos. Sin embargo, no se consideró el impacto que puede tener la situación a nivel emocional y familiar en cada uno de ellos. ¿Qué sucede con sus emociones? ¿Acaso se redujo la cantidad de niñas y niños viviendo en situaciones de violencia? El sistema educativo se ha encargado de exigirles resultados, traduciéndose en cantidades exorbitantes de tareas sin orientarlos previamente a cómo actuar en situaciones como esta, olvidando que sus movimientos se verían limitados, sus compañeros la mayoría no se volverían a
ver ni por videollamadas, sus vecinos se volvieron distantes, sus horas de juegos se minimizarían, sus familiares no los podrían abrazar, ni visitar como de costumbre. La conexión a internet de la
mayoría no le permitiría responder a las asignaciones causándoles estrés por miedo a reprobar el año y los deberes del hogar se intensificarían. Y por encima de eso, se les exige que sean buenos, que no hagan rabietas, que estén quietos, sean disciplinados, que no estén tristes, ni enojados, que asuman la carga escolar con normalidad, aunque de manera diferente. Que no pregunten tanto, que
dejen de quejarse por tonterías y así un sinnúmero de exigencias que un adulto no es capaz de cumplir.

Qué tal si se considerara ¿Cuáles son sus ideas sobre la situación actual? ¿Cómo ellos se sienten durante el día? ¿Cantidad de horas que están en actividades con sus familiares/tutores? ¿Cuáles son sus miedos? ¿Qué quisieran ellas y ellos hacer? ¿Cómo viven ellas y ellos el distanciamiento social según su realidad? ¡No los olvidemos! Sin este presente, no hay futuro y la salud emocional de cada uno de ellos es lo que garantizará que tengamos centros educativos sin violencia.

El acceso a servicios educativos para las niñas y los niños en condición de discapacidad sigue siendo un reto para nuestra educación. Pero ¿qué pasa cuando las clases pasan a ser a distancia?
¿Cuáles adaptaciones curriculares permiten a cada niña y niño continuar con su año escolar? ¿De qué manera les está llegando el material? ¿Cómo ha sido el apoyo para las familias con niñas y
niños con discapacidad para garantizar el seguimiento oportuno a las diferentes asignaciones? ¿Cómo se sienten esas niñas y niños? Se han realizados esfuerzos por integrar a las personas en
condición de discapacidad a los centros educativos públicos, mas se necesita que se vuelva una constante. Las estadísticas lo dicen y la realidad también, se debe de seguir adaptando el sistema para que dé respuestas oportunas a las necesidades de niñas y niños con alguna condición. ¿Cuántas medidas han sido tomadas para hacer más llevadera la vida de las personas en esta condición durante este tiempo? Son muchas interrogantes con respuestas a medias que llevan a que las
familias se sientan solas en un camino de desafíos constantes y donde el COVID-19 desnuda las desigualdades que viven diariamente. Lo plantea Unicef (2018) en el informe Inclusión de los niños y niñas con discapacidad en la acción humanitaria “en cualquier comunidad afectada por una crisis, los niños, niñas y adultos con discapacidad son uno de los grupos más marginados, y pese a ello a menudo quedan excluidos de la asistencia humanitaria”. Sigamos promoviendo acciones para que todos nos quedemos en casa, pero con las condiciones adecuadas y las atenciones
que ameritan aquellos que no tienen voz, a quienes el sistema toma en cuenta como últimos y a quienes en la mayoría de los casos, dejan atrás. Hagamos nuestro el eslogan que “nadie se quede
atrás”, pero con acciones claras y que incidan en su bienestar. Que niñas y niños con alguna condición de discapacidad quieran volver a sus centros con la satisfacción de haber mantenido una comunicación con sus docentes y compañeras/os. Confío que esta crisis ayude a repensar el sistema
actual y como bien lo dice Ignacio Calderón (2012) en el libro Educación, hándicap e inclusión es necesario que la escuela sea capaz de escuchar las voces de ayuda que dan las niñas y los niños y
que se convierta en una institución que fomente la participación y la justicia social.

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